martes, 27 de octubre de 2020

La oportunidad esperada

No quería abrir los ojos, ni oír los gritos de horror que luchaban por elevarse sobre el sonido de los disparos. Todo era un caos, Lorenzo no podía creer que estaba atrapado en las ruinas de ese viejo edificio, todo había pasado muy rápido pero recordaba cada detalle. 

Despertó ansioso esa mañana, los ahorros de su único trabajo se acababan más pronto de lo calculado; se entregó a su trabajo por completo, dedicó los mejores años de su vida a un banco que cuando consideró que estaba viejo lo despidió sin dudarlo. Lorenzo era un hombre solo, cada día salía a buscar trabajo con un elegante traje negro, caminando las agitadas calles de la ciudad con el periódico que la dueña de la pensión reportaba cada semana como si nunca hubiera llegado. 

El día anterior, como cada tarde, sentado en la fuente del parque Lorenzo miraba la gente volver a sus casas; más que descansar de su jornada caminando, imaginaba cómo eran las vidas de los transeúntes: sus sueños secretos, sus miedos. El tiempo en el parque se alargaba un poco más cada día; visitó dos lugares, pero sabía que no le darían el empleo; así que fue al parque antes de su hora habitual, y ojeando el periódico bajo el sol, encontró un anuncio que le ofrecía la oportunidad que durante tantos meses había buscado, algo dentro de él le decía que ese trabajo era suyo; debía presentarse al otro día a las 8 de la mañana en el antiguo edificio de Defensa, en el viejo centro de la ciudad.

Esa mañana con su habitual traje, Lorenzo tenía la certeza que ese día sería diferente y cambiaría su vida; los conductores hacían su recorrido en una risible calma, hasta su amargado vecino don Segundo le devolvió el saludo; parecía que al fin todo iba a cambiar.

Durante el viaje a su destino, Lorenzo observó la ruta que recorrería a diario para ir y volver del trabajo; cuando bajó del gastado bus, vio el gris edificio esperando por él, solo cuatro calles lo separaban de su objetivo. Avanzó una cuadra cuando un estruendo hizo que las personas que pasaban por allí se amontonaran en plena vía, un carro atropelló a alguien; Lorenzo vaciló si ir a ver lo que pasaba, pero al ver tanta gente en el lugar prefirió seguir su camino. 

Estaba llegando a la esquina cuando un grupo de hombres armados y con pasamontañas doblaron la calle, Lorenzo los reconoció en seguida, había leído en los periódicos su modo de operar: todo iniciaba con una distracción que reuniera a las personas, como el accidente que acaba de ocurrir; sobrevivientes no quedaban y algunos era elegidos para formar en sus filas. Sabía lo que pasaría: todos morirían, debía salir de allí ipso facto, pero ya era demasiado tarde, otro grupo había cerrado la salida a la otra calle.

Los gritos y disparos empezaron, Lorenzo veía a las personas desplomarse sin vida; hasta que un fuerte zarandeo lo alejó de la cruda escena, un hombre armado lo sacudía por los hombros. -¿No te acuerdas de mí? Soy yo: Jaime- Le dijo descubriéndose el rostro. Lorenzo no creía que su gran amigo estuviera metido en todo eso, habían pasado 46 años desde la última vez que lo vio y supo de él, eran inseparables de jóvenes. -Vamos Lorenzo ¡corre!- Decía Jaime mientras lo sujetada del saco para arrastrarlo calle abajo y adentrarse en las ruinas de un viejo edificio.

-Lo siento hermano, pero tengo que hacer esto… Pelear o morir - Le decía Jaime mientras le amarraba las manos delante del cuerpo, y sin decir más Lorenzo vio a su gran amigo, con arma en mano, correr para continuar con la misión. 

A lo lejos se escuchaba la masacre perpetuarse. Dos hombres custodiaban a los rehenes: un joven de unos 25 años con una herida en la cabeza, una mujer embarazada con un niño de 11 años y él. Tenía que hacer algo, rendirse no era opción; entonces recordó la calle sin vigilancia por la que Jaime lo llevó: la única salida. Logró aflojar el amarre en sus muñecas y liberar a los demás; los guardias estaban absortos en las órdenes que recibían por radio, pero el sonido del helicóptero del ejército advirtió a los captores del escape. En la huida Lorenzo era la retaguardia, frente a él la mujer y el niño, y a la cabeza el joven. 

Uno de los captores moribundo, vio a los rehenes huir; empezó a murmurar mientras tomaba su arma y apuntaba al hombre de traje negro -No hay sobrevivientes… Pelear o morir -. Lorenzo cayó aparatosamente al suelo, un líquido espeso se extendía en su pecho, el dolor lo invadió; aunque el niño intentó ayudarlo Lorenzo lo empujó para que se fuera. Estaba seguro que ese trabajo era la oportunidad esperada, pero el plan cambió de una calle a otra; encontró un final inesperado, que nunca hubiera imaginado ni siquiera cuando jugaba a tener la vida de los transeúntes del parque. 

  Jhuliana Sandoval

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